lunes, 21 de diciembre de 2009

Capítulo 1.4

Aquel viernes fue el último día de clase. Había terminado 3º de la ESO con buenas notas; tan sólo había suspendido Física. Pero es que el profesor me tenía manía o algo, seguro...O quizá no era tan lista como decían los demás.
Lo único que deseaba ese día era volver a mi casa con mis notas y descansar tras la regañiña que me echachen mis padres por el suspenso. Descansar en el sofá, viendo mi programa favorito en la televisión mientras me comía un delicioso helado a la luz del sol veraniego que entrase por la ventana de mi salón. Lástima que mis planes fuesen frustrados por algo extraño que vi en una calle, donde estaba el Bar de Pepe, un bar de Madrid, que conozco desgraciadamente por mis amigas. Más de una vez habían conseguido allí algo de alcohol, pues Pepe regalaba bebidas alcohólicas a las chicas guapas...
Ese día había una gran multitud alrededor de algo, y el sonido de las sirenas de una ambulancia se acercaba a gran velocidad. Pensé en dos borrachos tras una pelea; pero los borrachos no suelen derramar sangre.
Curiosa, me acerqué a la multitud, y ojalá no lo hubiese hecho. Jamás olvidaré ese cadáver, frío como un témpano y la piel blanca. Y sus ojos...Sus ojos apagados, inertes, mostraban el terror que había sentido antes de que le matasen como lo había hecho.
Llegó la ambulancia, y uno de los médicos bajó, se acercó al cuerpo y afirmó que estaba muerto aquel hombre. No hacía falta que lo dijese; todos nos habíamos dado cuenta por la palidez de su tez. De repente, alguien exclamó:
- ¡Lo ha matado un vampiro!
Todos se sorprendieron, incluída yo. El hombre señaló el cuello del muerto; había dos agujeros que atravesaban la aorta, como si fuese...una mordedura. La mordedura de un vampiro. Todos lo tomaban por loco, y yo pensé que había bebido demasiado. Por aquel entonces no creía en los vampiros, y menos si el modelo actual de los vampiros no era Drácula sino un niñato romántico meloso.
El dueño del bar, Pepe, salió del bar y dio la razón al hombre, diciendo que una joven rubia había ido al bar y había pedido sangre, y pensaba que podía ser la asesina. Por supuesto, el médico no les siguió la corriente, ni los espectadores que estábamos allí. Entonces subió el cadáver a la ambulancia para llevárselo al tanatorio, supongo. Antes de que pusiesen en marcha la ambulancia, yo ya me había ido de aquel lugar.
Me alejé de allí con mi bici arrastrada por mis manos. Me había impactado aquella imagen. Estuve pensando en lo sucedido, cuando vi a un grupo de chavales en su coche hablando con una chica que parecía que estaba disfrazada. Disfrazada...de ángel negro, además. ¡Qué disfraz más extraño!, pensé. Sin embargo me gustaba. Deseaba ese disfraz para el 31 de octubre.
El grupo de chicos eran un año mayores que yo, e iban al mismo instituto que yo, por lo que sabía cómo eran. Solían meter a chicas jovencitas, más que ellos normalmente, en el coche, y cuando llegaban a su destino...no queráis saber lo que hacían. ¡Era repugnante! Y esa chica me daba pena. Posiblemente sólo quería ir a la fiesta de disfraces a la que iba, y la pobre inocente iba a caer en la trampa de aquellos cerdos...
Por eso, o no sé por qué exactamente, decidí seguir el coche con mi bici. Se dirigían a un barrio de Madrid, Pan Bendito, que a mí me habían contado que las gentes de por allí no eran muy de fiar, pues hay mucho ladrón y otras cosas que no quiero nombrar, y nunca me he atrevido a ir. Pero me armé de valor, pensando en que lo que me habían contado no eran más que exageraciones, y seguí persiguiendo el coche.
Pararon en uno de los portales que había por allí y bajaron todos junto a la chica. Ella era esbelta, de piel clara y largos cabellos negros. Y tenía unos ojos verdes bastante bonitos.
- ¿Aquí están Laurant y Payna?-oí que preguntaba la chica.
- Sí, tranquila, están arriba, en mi piso-dijo el cabecilla del grupo-. Sube con nosotros si las quieres ver.
La chica asintió. De verdad que me daba pena. Tenía toda la pinta de ser nueva por allí, y lo único que le quedaba era confiar en los habitantes de esta ciudad, y claro, ella no sabrá que más de uno no es muy bueno por aquí...

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